David, el comercial de la bodega Pazo de Señorans, hizo una escala para mostrarnos vinos de su bodega, y por tanto Albariños de la DO Rias Baixas.
La bodega ocupa un histórico y precioso pazo en El Valle de Salnés, en Meis, provincia de Pontevedra. La bodega posee la mitad de las 50 Has. que maneja, y el resto son parcelas pequeñas de albariños emparrados.
Tras comentar cómo la propietaria del pazo inició la elaboración casera de vino, para luego promover entre los viticultores la necesidad de agruparse bajo una denominación de origen, y llegar a ser la primera directora de la DO.
La variedad Albariño, por excelente acidez, ha permitido que los vinos de esta variedad envejezcan en los depósitos de acero, y que evolucionen sus notas florales y frutales situándose entre los vinos blancos nacionales con mejor prensa y valor.
Las fermentaciones se hacen con levaduras autóctonas. En todo el proceso de elaboración incluyendo los trasiegos, movimientos de vino, se hacen empleando gas inertes.
Todos los vinos asombraron por su equilibrada, controlada, pero potente acidez y que gracias al trabajo con las lías hacía de los vinos una bebida refrescante, que en algunos casos llegaba hasta provocar la salivación.
¡Suerte de contar con ese clima y esa variedad!
Además en todos los vinos se apreciaba un ligero amargor al final, más notorio en algunos de ellos, por lo que la gama de sensaciones estaba asegurada.
Buenos vinos, bien hechos, con apenas notas de oxidación en el color de los vinos, a pesar de que se probaron vinos con varios años en depósito, o con varios años en botella.
En cualquier caso, estas modificaciones en el envejecimiento del vino no afectaban a las notas aromáticas, de juventud, o frescor a los vinos.
Las notas que predominaban eran las de manzana verde, usando por pera, bollería, para los más jóvenes y en el último, un Albariño del 2001 que mostraba un fino aroma a mantequilla o lácteos.
Para placer nuestro, David nos realizó una cata vertical de los vinos de la bodega, 5 en total, comenzando en un joven del 2017 y terminando con un magnum del 2001 (del que quedan unas cuantas botellas, ¡gracias David!).
El primer vino fue el de la vendimia 2017, que ya ha estado en contacto en los depósitos con sus lías durante 5 meses.
El siguiente del 2015, con 2 años en botella se notaba más afilado, más maduro y equilibrado.
Hay que indicar que se combinaron inicialmente los vinos blancos con mariscos, lo normal: ensaladilla de langostinos, unas exquisitas croquetas de quisquillas; pero que se pasó a combinar con platos de carne, como unos pimientos rellenos de carne picada, o bien directamente con trozos de costilla frita.
El vino del 2013 era el que estaba en su recta final y que hacía que fuera el más suave en boca.
Sin embargo, el vino del 2010 con 30 meses en depósito poseía toda la fuerza de un vino muy joven.
Por último, el de 2001 tenía un color amarillo limón intenso, con una acidez muy viva y notas a bollería intensas muy placenteras. Este vino estaba embotellado desde el 2006.
Para rematar se cataron dos orujos, uno el típico orujo incoloro, y el otro amarillento, con extracto de hierbas: manzanilla, cilantro e hierbaluisa, y con la mitad de azúcar de los orujos de hierbas conocidos. Bien ricos ambos.
Para rematar una frase del anfitrión Joaquín: "Cuando hay cata de vino blanco, nunca sobra vino en las copas, y los cubos están casi vacíos". En el caso de vinos tintos, recoge mucho vino sobrante.
Pues va a ser eso.
Y por cierto, que bien se ha quedado la obra en casa de Joaquín y Araceli: qué acogedores y lucidos son los apartamentos que han hecho.
En apenas dos semanas he estado en el Restaurante de Celia Jiménez y en el Arena Bar, que es todo excepto la sala de restaurante: amplia y luminosa sala del bar, y terraza.
Este local está alejado del centro, adosado en lo que muchos conocen como las Pistas del Cordobés, enfrente de los Olivos Borrachos y del barrio de Poniente. Es ahora un centro comercial, ya que está el supermercado Aldi, Ciclos Cabello, Intesport, y las pistas deportivas. Con un buen aparcamiento, tiene lo bueno de estar fuera del centro, por espacioso, y que queda lejos para muchos.
Es un sitio cómodo, amplio y se está renovando, con nuevo y muy agradable personal de sala, y en cuanto a la comida nos agradó a todos.
Nos habían comentado que tienen un menú diario en el Arena por 15 euros, bien hecho. Alí nos fuimos siete tabernícolas, y fue una tarde bien disfrutada.
No había mucha asistencia, y pudimos escoger dentro para no atorrarnos con el extraño y caluroso mes de marzo que tenemos.
Como en la cercanía están construyendo pisos, algunos obreros se acercaron tomar un aperitivo y como es típico en gente que termina o detiene su jornada de viernes, el tono de voz era alto, pero al poco se fueron y quedó la sala en una plácida tranquilidad.
Para hacer boca pedimos una ensaladilla rusa (el plato que nos sirve para ver la calidad de la cocina del sitio) con pechuga en escabeche. Bien hecha y con una mayonesa que me hubiera gustado preguntar cómo la habían hecho.
Después el menú con tres platos a escoger de primero y segundo.
De primero: pasta con carbonara y salchichas; salmorejo o bien, guisantes con huevo escalfado.
De segundo: pez limón a la plancha; pollo al chilindrón, o bien rollito de pinchos y verduras.
Como decía, a todos nos pareció bien la elección porque se pidió de todos los platos posibles. Me pedí la pasta (con buenos trozos de setas en la salsa) y el pollo al chilindrón.
De beber, además de la cerveza, pedimos el único fino disponible, el Patachula de Bodegas Robles, que no es de los finos habituales en los locales de Córdoba.
En mi caso, el pollo lo acompañé de un tinto garnacha, Particular, de Cooperativa San Valero de Cariñena.
Una razonable cantidad en los platos, y todos a gusto con el relajado ambiente, y el experimentado y sonriente personal de sala haciendo más plácida la sobremesa que terminamos con los combinados en la terraza.
Me viene a la mente que en la prensa salen noticias de que reconocidos cocineros abren nuevos locales para que se disfrute su comida a precios más reducidos, o como en este caso ofertar menús.
Esperemos que mantengan y suban esta línea, para que muchos se acerquen al Arena Bar.
En resumen, un restaurante/bar en el que comimos muy bien por 20 €.
Es la segunda vez que cato vinos de esta bodega, la primera fue en la Escuela de Hostelería, allá por el 2015.
En aquella ocasión se probaron vinos tintos, moscateles y el Zumbral, el vino más conocido de esta bodega.
Para esta ocasión, en casa de Joaquín y Araceli, los protagonistas fueron los vinos blancos hechos con Moscatel de Alejandría y Pedro Ximenez.
Si alguien busca Dimobe sale que la bodega se llama A. Muñoz Cabrera.
Una bodega situada en Moclinejo, a 10 kms de la costa de Málaga, subiendo desde el Rincón de la Victoria.
La orografía de esta zona es complicada, repleta de pendientes, ya que está dentro de los Montes de Málaga, y donde se ha cultivado la uva moscatel para hacer la pasera y también vinos dulces.

Como curiosidad: esta bodega fue fundada en 1927, mismo año que abrieron otras muchas y señaladas bodegas: Alvear (la nueva bodega), Protos, Murviedro, y otras más de distintas zonas de la geografía española. Parece que fue un buen año para dedicarse a esos menesteres.
Tras la explicación breve de Juan, pasamos a la cata, para que los vinos hablaran.
- Trasañejo, Vino Pedro Ximenez seco con 20 años de solera y 18% de alcohol. Un vino sin crianza biológica, es decir, similar a un oloroso. En boca bastante menos ácido que los vinos de Montilla-Moriles, aunque con muy correcta acidez total. O sea, menos afilado y punzante; lo contrario: suave, redondo, glicérico. Este vino ha conseguido distintos y reconocidos premios.
Para acompañar la cata, carpaccio de buey con limón, queso en polvo... tal como se ve en la foto, bien rico y sabroso.
Los platos fueron preparados por las manos de Araceli.
Y después vinieron los moscateles dulces/ligeramente dulces en toda su gama de elaboración.
- Vino Maestre - Viña Axarquía.
Al mosto de moscatel de Alejandría, se le añade alcohol hasta un 8º y después se añade el pie de cuba para que arranque y termine la fermentación. En total 15º de alcohol quedando 100 g/L de azúcar. Aromas a flores blancas y frutas.
- Señorío de Broches.
Un Vino Dulce Natural. Se parte de uva asoleada (por un lado, es decir no se voltea) y se deja fermentar; que se paró al añadir 3º alcohol cuando iba con 12º, consiguiendo los 15º y 130 g/L de azúcar sin fermentar. Un vino bastante completo: dulce, regusto amargo, amielado y notas de flores y frutas... moscatel limpio y evolucionado. Me gustó este vino, quizás el que más.
- Pia Mater 2016.
Vino Natural Dulce. ¿Que diferencia con el nombre anterior? La uva se asolea y voltea, y con fermentación natural se deja hasta que se para la fermentación, con 13º de alcohol.
Este vino olía a orejones, miel... y lichi (según Isabel, Gertru y Joaquín M.; en mi caso reconozco que he probado poco esa fruta, y cuando la encuentro en las tartas de Roldán siempre llego tarde).
- Pajarete,
con Moscatel y Pedro Ximenez. Se mezclan al final las fermentaciones que se han hecho por separado de Moscatel y Pedro Ximenez. Con alcohol añadido hasta 15º de alcohol, y posterior crianza de 5 años en barricas.
- por último, Espumoso Tartratos 2015,
un vino hecho con uva moscatel, con 12º de alcohol. Elaborado según las técnicas del cava, con la segunda fermentación en botella y posterior crianza de 30 meses en botella.
Aquí la moscatel se había perdido un poco, y los inquietos JM Moreno y R Marquez se pusieron a probar licores de expedición apurando gotas efe los otros vinos y suplementar el espumoso de las copas. Y consiguieron darle un buen toque, que incluso mejoraba el original. ¡Es que son muy buenos!

Se acompañaron los vinos también con unas croquetas de boletus y trufa, y de quesos de Plazuelo, de oveja y cabra; muy ricos y en su punto de curación, uno de ellos con el hongo inyectado. Quien quiera en Villaralto tiene Diego su quesería, y cada poco aparece por Córdoba en algún evento, como este año en Diciembre por la Feria de los Municipios.
Una cata bien rica y equilibrada. Con vinos dulces, que no eran empalagosos ni mucho menos, y que podían combinarse con carnes, quesos o pescados.
Y sorprendentemente una acidez muy controlada, con un buen contenido en acidez total. Y la moscatel sin abrumar en aromas.
La última cata que se ha hecho en la sede oficiosa de la Asociación de Sumilleres de Córdoba (casa Joaquín y Araceli) ha sido dirigida de nuevo J.M. Moreno y ha puesto fin a un repaso a los vinos fortificados, los vinos Marsala (Sicilia) y a otros vinos de crianza biológica elaborados en El Valle del Jura (Francia).
En particular, esta zona del Jura, por la que he pasado muy cerca, porque cuando he viajado en coche a Alemania a ver a la familia, paramos en Besançon, una preciosa ciudad patrimonio de la Humanidad, justo en la esquina del Valle del Jura, con unas colinas suaves, y en la ciudad con un montón de tienda de vinos, pero que nunca he visitado, y quizás en una próxima ocasión visite alguna, para ver de qué va.
Esta cata ha sido sorprendente porque los vinos que tomamos se parecen a los de aquí, con sus diferencias, y que gracias a la recuperación de técnicas tradicionales están recuperando su antiguo esplendor, o al menos la gente entendida los conoce, y se venden a un buen precio.
Si se repasan notas de hace un tiempo, por ejemplo en el mundovino sobre los vinos del Jura, en el 2003 se habla de estos vinos como rarezas y de pequeños productores, y como todo cambia, pues esos vinos y los italianos de casi otra época vuelven para ser conocidos.
La primera vez que caté un vino del Jura fue cuando estudiaba enología, allá por el 2002, y era un vino de Arbois. A todos nos sorprendió que en alguna zona de este mundo se hiciera también crianza biológica, en aquellos años en que aún no se había dado el cambio radical a estos vinos, y en que la moda de tintos, y con mucho cuerpo era lo que predominaba (hasta en Montilla-Moriles, que estaban pasándose a los tintos).
En cuanto a los vinos, los del Jura, proceden de pequeñas parcelas, y aquellos de crianza biológica (porque allí también los hay tintos, y blancos sin crianza), se elaboran con la variedad Savagnin, que es más aromática, de maduración tardía y sobre todo resistente a las enfermedades. Esto es importante, porque se trata de alcanzar un grado de madurez con suficientes azúcares, y aún a pesar de eso no se alcanzan los 15º de alcohol que por aquí se estilan.
También hay que decir, que ya hemos tenido alguna cata de vinos de Jerez, en los que la Palomino alcanza los 12,5º y además, se hace crianza biológica estática, sin escalas... justo lo mismo que pasa en los vinos del Jura.
La principal diferencia es que el velo (voilé) que se forma en las barricas no tiene el grosor que aquí, por lo que las oxidaciones están más garantizadas en esos vinos. El tiempo de crianza es 6 años y 3 meses, y al tener los vinos en la misma barrica, sin refrescar, el contenido va disminuyendo por mermas de evaporación, y se va concentrando. Solución: tienen una botella de 62 cl, de precioso diseño, llamada clavelín.
Vinos catados con crianza biológica:
- Domaine de Marnes Blanques, del Jura, con sólo 4 años de crianza biológica. Con mucha acidez, acetaldehido a tope, almendras. Era una aproximación a esto vinos.
- Le Roc de Anges (cerca de Perpignan, costa mediterránea) es un vino hecho con garnacha blanca y gris, macabeo y que ha tenido algo de velo. Menos ácido, mucho acetaldehido también. Extraño, pero más amable que el primero. A J.M. Moreno le encantó.
- Vine Jaune Marnes Blanques. Del 2011, con aroma a flor, levadura, más fino y equilibrado. Este vino tras un tiempo en copa aparecían aromas florales, curioso.
- Chateau-Chalon, del 2009. Algo más complejo que el anterior, pero me gustó más el anterior.
Y luego vinieron los vinos de Marsala, ya sí fortificados. Vinos que se pusieron en el mundo cuando en el siglo XVIII, con el descubrimiento por parte de los británicos de los vinos de Madeira, Porto, etc., un comerciante inglés pasó por la zona, y se dijo: aquí hay negocio. Los fortificó y se los llevó a su tierra. Tuvo éxito, y después fueron algunas familias italianas las que continuaron el negocio.
Hay que decir que la clasificación de estos vinos es muy particular. Por lo general, los vinos de Marsala se han hecho ex profeso para cocinar, mediante una técnica de cocido del mosto. Aunque sí existen otros vinos, de mayor calidad, ligeramente dulces, y que recuerdan a los vinos de Madeira.
Vinos catados de Marsala, ambos de la bodega Marco de Bartoli:
- Marsala Superior Oro, de 5 años y 18,5º de alcohol. Aromas a fruta seca, dulce y potente a la vez.
- Marsala Superior, de 10 años, con mucho más aroma a acetaldehido, más amargo y complejo.
Mi opinión de la cata. Que es bueno conocer otros vinos para conocer mejor los nuestros. Y que al igual que los nuestros hace falta un público entendido para que apreciar en su justa medida, porque el primer ataque en boca, con tanta acidez, sorprende.
En cuanto a la comida, como siempre muy bien. En este caso, Gertrudis se esmeró como siempre, con un rico solomillo ibérico sobre cama de cebolla y melocotón seco. También hubo caldo calentito (la noche lo pedía), bacalao dourado, flamenquín con salmón... y bizcocho con chocolate caliente para los vinos de Marsala.
Una cata muy bien trabajada, instructiva y de la que se aprende un montón con los compañeros asistentes.
Para aclarar tan urgente pregunta, José María Moreno nos planteó a la Asociación de Sumilleres de Córdoba una selección de vinos a los que se añade alcohol vínico con el original, por antiguo, objetivo de mantener la estabilidad microbiológica del vino. Y oh sorpresa, los vinos mejoraban y con el tiempo se han convertido muchos de ellos en la quintaesencia de zonas vinícolas o evocaciones de tiempos pasados.
Porque se trata de vinos viejos, con crianzas de al menos varios años, como mínimo 3 años con la particularidad de poder aguantar y evolucionar positivamente con los años. Son vinos de poco tiro en el mercado a menos que sea un cliente interesado en ellos, porque se trata de vinos con una limitada difusión comercial actual, pero que muchos hemos querido probar para saber a qué saben esos vinos que aparecían en las novelas de época.
El caso es que nos gustaron, al menos en mi caso, y que indican que hay un mundo vinícola paralelo, donde los grados de alcohol no asustan sino que por efecto del tiempo el alcohol apenas se nota, y le da una eternidad que no tienen muchos de los vinos elaborados sin estas adiciones de alcohol.
Como resumen de la cata celebrada en casa de Joaquín y Araceli, hay que decir que pocas veces ha salido tan redonda en cuanto a vinos y combinación de platos como ésta.
José María se trajo para esta primera parte de tres zonas: olorosos de Montilla-Moriles, Oportos y Madeiras.
Si a los vinos blancos terminados se les añade alcohol tenemos los olorosos tras años de crianza en bota.
Si antes de acabar la fermentación de tanto vinos blancos como tintos se añade alcohol, la fermentación se detiene quedando azúcar residual, para continuar con crianza en madera o depósito, se consiguen los Portos.
Por último, si a los vinos se les calienta a 50ºC y ambiente muy húmedo, durante unos meses, para continuar con barrica en madera tendremos los Madeiras.
Es curioso que estos vinos que se llevan elaborando desde el siglo XVIII eran fruto de que alguien se daba cuenta que mejoraban con el tiempo, o como en el caso de los Madeira se trataba de reproducir en tierra la paliza que se daba a los vinos que viajaban en la proa de los barcos.
Tras la explicación de cómo se han elaborado y se continuan haciendo
pasamos a la cata. Y aquí debo decir que el amigo JM Moreno lo hizo
francamente bien. No habló.
Nada de si: ¿apreciais esas notas a madera, a
fruta en retrogusto, a yo que sé? Mejor.
Los vinos hablaban solos y aquí el trabajo de los cocineros puso las cosas en su sitio.
Probamos
Tauromaquia y Maestro Sierra como ejemplos de olorosos con 19º, ambos
de unos 15 años de crianza. El Tauromaquia mucho más vivo y ácido, el
otro más suave y controlado.
Después vinieron un Tawny y un Late
Bottled Vintage (LBV) de Niepoort, ambos con 19,5º. Buenos ejemplos de
oportos, siendo el LBV un tinto muy bonito, equilibrado, aromático con
aromas a guindas en licor. ¿Se nota que me gustó?
Por último
llegaron dos Madeiras de la bodega Barbeito, de dos variedades blancas:
Boal y Sercial. Estos vinos recordaban en aromas a los olorosos, con
ligero dulzor. Curiosos.
Inicialmente estos vinos son
complicados de buscar el momento de meterlos en una comida, pero esa
noche los cocineros se lucieron.
Nos pusieron potaje de
garbanzos, unas muy ricas y suaves espinacas con bacalao y piñones, un flamenquín
con lomo, cecina y mozzarela (¡qué arte el chaval que se le ocurrió!),
tarrina de foie con queso azul de leche de oveja de Diego, de la quesería Plazuelo.
Y para terminar bizcocho de almendras.
Una pasada, todo bien guisado y bien hecho que hicieron que los vinos se agigantaran y fueran pasando de mano en mano, y de copa a copa.
Hubo entre los asistentes varias caras nuevas, como Erik y Tracy, y muchas conocidas. Y continuará el asunto de más vinos fortificados.
Galicia es una tierra variada y muy querida por muchos que vivimos en el Sur por su verdor, su clima, su gastronomía y sus gentes, cuando vamos de turismo o de visita por allí.
Este verano hemos pasado unos días felices y por mi cuenta he intentado probar y traerme botellas de vino de cada zona, que hay varias.
Para nuestra suerte, nos juntamos con una joven gallega que vive ahora en Alemania y vuelve a su Rianxo de vacaciones. Desde allí nos enseñó parajes, Castros, bosques, restaurantes y recomendaciones que sólo quien siente morriña por su tierra, estando casi todo el año fuera, puede sentir tan propia.
Así que cuando Antonio comentó la cata de vinos gallegos, pues no dudé en apuntarme. Se trata de una empresa, Grandes Pagos Gallegos, que elabora vinos en tres DO gallegas: Monterrei, Ribeiro y Rias Baixas.
Faltaría la zona de Ribeira Sacra, pero esa zona ya la disfruté en mi viaje veraniego.
Se probaron en total 6 vinos, 4 blancos y 2 tintos.
- Fragas de Lecer, 100% Godello (Monterrei)
- Barbuntín, 100% Albariño (Rias Baixas, concretamente de O Rosal).
- Paso Casanova, 85% Treixadura, Godello, Albariño y Loureiro (Ribeiro).
- Quinta de Couselo 2016, 90% Albariño, Cariño Blanco y Loureiro (Rias Baixas).
- Finca Viñoa 2016, Brancelao, Sousón, Caiño Longo (Ribeiro).
- Fraga do Corvo 2016, 100% Mencía (Monterrei).
Vinos todos ellos muy bien elaborados, con relativamente bajas producciones ya que tienen y controlan fincas de no más de 12 Has. la que más. Vinos con más o menos aspiraciones, a un buen precio, y con distribuidor para quien los demande.
Los vinos blancos, todos con una refrescante acidez, con nariz al principio cerrada, propio de la crianza bajo lías, y todos con mucho cuerpo, aromas florales y frutales intensos. Algunos con más salinidad, como el Barbuntín, además de aromas florales y cítricos de la Albariño.
Quizás los dos vinos blancos últimos tenían una mayor clase y calidad, vinos que algunos propusieron que podrían combinar muy bien con platos de carne. Quinta de Couselo era realmente un vino elegante, frutal y fino.
Si bien, los más sorprendentes a mi parecer por sus aromas fueron los dos tintos. El primero era balsámico, aromas a regaliz, pimienta. Y el segundo, el Mencía, de intensos aromas a flores, violetas, muy equilibrado en nariz y boca.
Los platos que elaboraron tanto Araceli como Luis combinaron como siempre a la perfección. Como detalle, el bizcocho de chocolate negro para el último vino. fue un acierto; además de las pizzas y el carpaccio de gambas.
La cata no defraudó a nadie, y el comercial de dicha bodega habló lo justo para que termináramos a buena hora y todo fuera dinámico. Hasta la próxima cata.
Hemos celebrado los de la Asociación de Sumilleres de Córdoba, en casa de Joaquin y Araceli, una cata ciega dirigida por David Núñez, que aparte de participar en varios concursos de cata es el maitre del Hotel Eurostars Palace (antiguo Meliá, hoy "el oxidado"). Debido al interés de la cita hubo que hacer dos grupos, a los cuales instruyó David en la apreciaciones de un vino para rellenar una hoja de cata. Los resultados se confrontaban con las notas que en su día dio David a los vinos catados.
Una actividad interesante y que en mi caso me ha servido para darme cuenta que cada vez me gustan los vinos blancos, y que en el caso de los vinos tintos busco o me seducen los tintos con aromas, buena acidez y un poco amargor.
¿Me estaré parkerizando? Quizás sólo un poco. Es decir, los vinos con cuerpo, aromas, equilibrados en boca, y algo, sólo un poco astringentes. No soy capaz de apreciar en su justa medida los vinos suaves, aterciopelados, es como si me faltara vino.
Por cierto los vinos los representa en Córdoba la empresa Diego Canals, y con el maño cordobés Joaquin Martinez, una fuerza de la naturaleza en cosa de vinos.
Los vinos se presentaron ocultos y con nomenclatura de concurso, y fueron:
Blancos:
- Carlos Moro 2017, Finca San Cibrao, DO Ribeiro, Treixadura, Godello y Albariño.
- Botani Azahar 2017, Bodega de Jorge Ordoñez, Moscatel.
- Luis Cañas 2014, Fermentado en barrica, Viura y Malvasía.
Tintos:
- Corona de Aragón 2017, DO Cariñena, Grandes Vinos y Bodegas, Garnacha.
- Anayón crianza, DO Cariñena, Grandes Vinos y Bodegas, Cabernet Sauvignon, Tempranillo y Syrah.
- Izadi Selección Reserva, DO Rioja Alavesa, Tempranillo.
El que más me gustó fue el blanco de Ribeiro, de Carlos Moro, y después el Anayón, y si bien coincidí en puntuación en los blancos, en los tintos desbarré y en principio me encantó el joven de Garnacha, muy fresco, aromático, una golosina, pero que al rato no olía a nada. Y el Reserva me pareció plano, lo que decía de que no soy de esos vinos. Lo cual demuestra que las notas de cata deben ser objetivas y no subjetivas... Tengo tanto que aprender...
Por supuesto tras la entretenida e interesante cata tapeamos de lo preparado por Araceli: embudo exquisito (de Ibesa), tostas de queso y calabacín, unas sabrosas albóndigas, y unos calamaritos.